En estos días de tanta paranoia colectiva, un simple estornudo puede ser sinónimo de exclusión social.Además, se puede sacar cierto provecho al respecto, como toser de una forma fulminante -aunque finjida- para conseguir antes un lugar en el que sentarse.
La semana pasada, a la vuelta del trabajo en esta ocasión, subí a un bondi absolutamente repleto. Sólo había un asiento vacío, a pesar de la multitud de pie. Con el cansancio que tenía, le faltaba el halo de luz desde el cielo.
Era un asiento doble, así que le pedí permiso al hombre que estaba al lado del pasillo para pasar. Ahí se me cruzó que el tipo debía tener todas las toses infectosas del mundo unidas y que, por eso, más allá de ser el único espacio libre en un bondi lleno, la gente me miraba entre una mezcla de "Está loca" y ojos compasivos.
Por las dudas, abrí la ventanilla con el frío y todos los rulos al vuelo. Pero el hombre no tosió ni estornudo ni nada en ningún momento. Lo único que hizo fue pasarse todo el viaje hablando por teléfono a los gritos y gestualizaciones. Supuse que se estaba peleando con alguien a través del manos libres del celular porque cada dos segundos tiraba un insulto y agitaba las dos manos.
Cuando llegó el momento de bajarme, le pedí que me dejara pasar. Fue ahí que me di cuenta de que el hombre ¡no tenía absolutamente nada en sus orejas!
Sé que no soy la única -en estos tiempos modernos- a la que le cuesta distinguir si un hombre que habla solo por la calle está loco o usa el talk del teléfono, pero de ahí a viajar una hora al lado de un loquito hay un salto importante. Juro que temí por mi vida más que si viajaba con un engripado. Para la próxima, ya sé que tengo que estar atenta a los lugares vacíos...
Foto: Diario La Capital





El martes pasado, tuvimos el gusto de tenerlo en el estudio de radio de TEA, donde explicó el significado social que tienen algunas de sus obras -como la mencionada bala- y cuándo y por qué comenzó a realizarlas. Hoy en día, tiene 280 esculturas, todas guardadas en su casa. 





